El director húngaro Béla Tarr, reconocido por su estilo contemplativo y sus atmósferas crepusculares, falleció a los 70 años tras una larga enfermedad, según confirmó el realizador Bence Fliegauf en nombre de la familia. Tarr deja un legado de 11 largometrajes que marcaron a varias generaciones de cineastas.
Su obra más emblemática, Sátántangó (1994), retrata en siete horas y media el colapso del comunismo en Europa del Este a través de un pueblo desolado de la campiña húngara.
La película, en blanco y negro, se convirtió en un referente del cine de autor por su audaz uso de planos secuencia prolongados y su ritmo hipnótico.
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Béla Tarr deja un legado irrepetible en el cine mundial.
La colaboración con el escritor László Krasznahorkai, iniciada tras una anecdótica y persistente visita de Tarr a su casa, sería clave también en títulos como Las armonías de Werckmeister (2000) y El hombre de Londres (2007).
En El caballo de Turín (2011), considerado su testamento cinematográfico, Tarr ofreció un retrato minimalista de la vida cotidiana, con secuencias de hasta diez minutos dedicadas a simples tareas domésticas, consolidando su estatus como cineasta de culto y ganador del Oso de Plata en Berlín.
Nacido en Pécs y criado en Budapest, Tarr comenzó como actor infantil, aunque su vocación inicial era la filosofía.
Finalmente se formó en la Escuela Húngara de Artes Teatrales y Cinematográficas, y junto a su esposa, Ágnes Hranitzky, codirigió y montó gran parte de su filmografía.
Su influencia se extiende desde Pedro Costa hasta Apichatpong Weerasethakul y Gus Van Sant, así como a la nueva generación de cineastas húngaros como László Nemes.
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Tarr también dedicó años a enseñar cine en Sarajevo, alentando a sus estudiantes a encontrar un lenguaje propio y a valorar la dignidad humana a través del arte.
Béla Tarr deja un legado irrepetible: un cine que exige paciencia, sensibilidad y una mirada profunda sobre la existencia humana.
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